8 de febrero de 2018

Este jueves, relato: Cartas, cartas, cartas...



En el desván de su abuelo, Alex, encontró un disco de jazz, dos cuentos de Gloria Fuertes, unas botas de fútbol con la puntera pelada y un hatillo de cartas.
Un día, el abuelo, serio y circunspecto le prometió: «Todo esto será para ti» y como si le hubiera hecho el regalo de su vida, Alex cerró el viejo baúl de roble americano.
El Abuelo murió y aquella promesa revoloteaba como una bandada de palomas sobre la tapa malherida del carcomido baúl. Entre cuentos y tebeos, asomaron unos sobres amarillentos. Uno de ellos, con el sello robado, contenía una cuartilla manchada con una estilográfica de la época:
«Madrid, 7 de octubre de 1963… Querido Alfredo: Encantadora me parece la carta que recibí hace apenas unas horas. Desde este verano presentía una especial amistad entre nosotros, pero hasta leer tu escrito no he sentido lo que realmente significas para mí. Contesto a vuelta de correo, nerviosa, ilusionada, feliz y con un lío en mi cabeza tan grande que…»
Asomó otro, azul pálido, con los cantos erosionados por la historia, folios de letra atropellada con trazos juveniles de un bolígrafo de colores:
«Valencia, 13 de julio de 1960… Hoy te he visto pasar por delante de casa, regresabas del colegio. Espero todas las tardes que bajes del tranvía. Te acompaño con la mirada hasta perderte en mitad de la calle. Deseo que llegue el domingo y que juguemos a… »
De aquel manojo de recuerdos con aromas confundidos y aspecto apolillado cayó uno cuadrado, nuevo, blanco, con un círculo en el centro que reconocí de inmediato. Abrí el único archivo de Word que contenía y leí:
«París, 9 de enero de 2008… A veces me gustaría morirme, de tan bien, de tan plena, de tan respirar hondo y sentir que el aire entra en los rincones de mi cuerpo y de mi mente, aún en los más oscuros y recónditos. Puedo fabricar ese sueño que me mantiene con los ojos mirando al techo en la obscuridad horas y horas con el solo anhelo de...»
Verdes hoja seca, rojos desvaídos, blancos sepias, los sobres se sucedían uno tras otro con un suspiro de amor en su interior. El abuelo, desde el cielo, revoloteaba sobre el rancio olor de aquel viejo baúl de roble americano.

19 de enero de 2018

Sucedió un 16 de enero de 1948

         
Dentro:
¡Qué nervios!  Intento llamar la atención. Parece que se han olvidado de mí.           

Fuera:
Esta noche se ha verificado la cuarta emisión para América por los micrófonos de Radio Nacional. La citada emisión ha estado dirigida por el director de la Real Academia Española don Ramón Menéndez Pidal.

Dentro:
Escucho una melodía que me resulta familiar, es la misma de otras veces. Sería capaz de tararearla a oscuras

Fuera:
La rápida distribución de la naranja a través de los nuevos trenes naranjeros ha influido en su precio. Según se ha informado en el Sindicato de Frutos.

Dentro:
Esto se mueve. ¿Otra vez de paseo? Ya he perdido la cuenta…

Fuera:
El embajador de España en la Argentina, señor Areilza, ha mantenido una cordial entrevista con el presidente Perón.

Dentro:
Oigo ruidos muy cerca, como suspiros acompasados… esto es nuevo para mí.

Fuera:
El gobierno de la India anuncia que, por deferencia al Mahatma Gandhi, reanudará los pagos debidos al Pakistán.

Dentro:
Algo tira de mí, son unas manos gigantes. ¡Qué emoción! Nueve meses deseando salir... ahora que me había acostumbrado.

21 de diciembre de 2017

Este jueves, relato: Jugar con fuego


«Jugar con fuego».
«Nadar a contracorriente».
«Lanzarse al vacío».
Expresiones que esconden implícitamente los conceptos de riesgo, pánico, peligro o, en la más leve de las ocasiones, meter la pata, precipitarse, equivocarse —para, en alguna ocasión, arrepentirse después—.
Lo mío, a veces —demasiadas—, es jugar con fuego, nadar a contracorriente o lanzarme al vacío. Con este texto trato de dar un paseo —crítico y crónico— por mi participación en los «Los jueves, relato».
Después de nueve años tengo mis dudas, mis eventuales rendiciones. Apatías de andar por casa. Desidias que me preocupan pero que no logro superar. Parece inexplicable que después de nueve años de asistir todas las semanas a la clase de los jueves —al principio, de los sábados—, me vea, ya mayor, haciendo novillos semana tras semana.
En el tenis existe una jugada en la que el jugador tiene todas las ventajas soñadas por un deportista: El saque. En él, el que saca se toma un tiempo de concentración, decide si lanza a la derecha, a la izquierda o al centro. Si más fuerte y directo o más despacio y con efecto. Nadie le apremia, la decisión es sólo suya. Circunstancias favorables estas que, si se dominan, pueden favorecer el resultado del Match. El resto de las jugadas, siendo importantes, las tienes que resolver desde la inmediatez, la precipitación, el desequilibrio o la desventaja en la ocupación de la pista.
Algo parecido sucede con los compromisos blogueros. Siempre hay un momento en el que somos dueños de nuestras decisiones, tenemos —se supone— el tiempo, la posición, la prioridad, el hábito y lo más importante, a los lectores que nos regalan una parte de su tiempo.
El Blog, no es una excepción. El trabajo de campo se hace público e, inexorablemente, nos vemos envueltos en una dinámica de creación, comunicación, selección y publicación que nos hacen movernos como flechas en busca de esa pelota cruzada a la línea que cada jueves tenemos que restar.
Como en el tenis, el resultado inquieta, el tiempo erosiona, el calor agota y el cansancio te hace dudar. Ese es el momento de convertir la debilidad en insolencia y el vértigo en precisión. Ese es el momento de parar el tiempo, mirar a la grada, tomar aire y valorar la situación. La conclusión es bien sencilla... siempre queremos estar pero no siempre podemos.
Lo veis, en este caso incluso me he pasado de palabras, nadando a contracorriente, lanzándome al vacío y jugando con fuego.


6 de diciembre de 2017

Este jueves, relato: Paraísos


El Paraíso de tu piel

La Tierra gira y gira y, en ese girar, se mezclan materias con pasiones. Efluvios con deseos. Aparecen entonces nirvanas nuevos. Ciudades utópicas que nos enamoran eternamente.
Mi paraíso, después de la unificación, tiene forma sinuosa y senderos misteriosos que explorar.
Su entrada es un corazón carnoso y rojo que, a flor de piel, hipnotiza. Una puerta intangible que invita al acercamiento, parte del eden que es el salvoconducto para todo lo demás.
La primera avenida de este olimpo terrenal empieza con dos cúpulas morenas de color ébano y textura deslumbrante. Su envoltorio, aleatoriamente cubierto de piel del color de la paja tostada, me envuelve y confunde.
Dos fuentes de sonrosado caño e inagotable morbidez dan paso a la gran plaza de la vida, intensa, húmeda por el rocío de la pasión, arteria vital de pócimas y demás encantamientos.
El Boulevard del amor nace entre un jardín de rosas ensortijadas; parada obligatoria para el disfrute y la extenuación.
Al final con el color de la carne y el olor a tierra mojada, se estiran dos avenidas de suaves curvas y cremoso tacto.
Siempre, siempre…, vuelvo y recupero el mismo paisaje: Las dos avenidas. El Boulevard. La Plaza. Las fuentes. Las Cúpulas… todo lo que me devuelve al cielo.

Este es mi paraíso, este es tu cuerpo.

18 de noviembre de 2017

Mi blog, «La Plaza del Diamante», cumple 10 años



¡La Plaza… cumple 10 años!
10 razones para celebrarlo… 

10 años de vínculos reales en un entorno virtual.
10 años de milagrosa supervivencia en un medio fugaz y veloz.
10 años de soñar, arriesgar, reivindicar y errar.
10 años de descubrir corazones e imaginar caras.
10 años de compartir ánimos, alimentando un proyecto «cosmi-cómico» que me sigue enamorando.
10 años de encuentros y batallas con el papel (nunca se le gana del todo).
10 años de viajar entre letras con lectores reales e imaginados.
10 años de dudas cuestionando desde la «a», a la «zeta».
10 años de titulares provocando la lectura con o sin acierto.
10 años de finales y principios para no olvidar que soy un mortal más.

En Fin, 10 años ya. Y es que... mi Plaza y yo, somos así.


Gracias por estar...


26 de octubre de 2017

Este jueves, relato: Mr.Chance


Era domingo, estaba en el jardín cuando oí voces en el interior del salón. Dejé la manguera en el sendero mientras acudía al reclamo de las voces.
Todo empezó por el final, cuando tenía sesenta años. Sesenta primaveras de las que no recordaba ninguna aunque tenía una idea aproximada de lo que habían sido.
Ahora, mi mayor y único entretenimiento consiste en dejarme llevar, secuencia tras secuencia, por las imágenes del televisor de 42 pulgadas, permitiéndome escuchar con una claridad extrema las últimas noticias de una encuesta sobre sexualidad en la tercera edad.
Con el mando en la mano, jugué de nuevo a buscar el canal de los colores en alta definición. Sin pretenderlo acerté con mi momento preferido. Me abandoné en el fondo de mi butaca y con los ojos vidriosos pude ver todo de forma confusa y entremezclada: el día y la noche, lo grande y lo pequeño, lo suave y lo áspero, el calor y el frío.
Por enésima vez, estaba viendo los mismos anuncios, los mismos documentales, las mismas películas. En ese momento frente a esa pantalla de infinitos colores solo había una cosa en blanco: mi mente. La imagen del televisor se parecía a mi propia imagen reflejada como en un espejo.
Apagué la pantalla y evité distracciones, pero la imaginación seguía ausente. Miré por la ventana y recordé en un instante las primaveras olvidadas.
Ahora, en mi epílogo vital, me descubro en mitad de la noche soñando despierto, perdido, solo y desplazado a miles de primaveras de distancia. Por un instante, con la mirada vacía, sustituir la vista de la inhóspita habitación por un borroso delirio, y soñar con aquella otra: cuatro paredes pintadas de recuerdos y una ventana por la que mirar, seguro y en paz, al campo y más allá el lago... Esa sería, será, mi única y última fantasía.
Olvidando todos mis secretos, dependía de la casualidad para recordar cuáles eran mis virtudes, mis defectos, mi peso, mi altura, incluso mi nombre. Pero todos los recuerdos, incluso los del futuro, se amontonan. Se solapan edades, personas, lugares y circunstancias, como los naipes de una baraja cuando se ordena un solitario... Y tengo que jugar, aunque sea conmigo mismo. 
Atravesé el vestíbulo, y por una de las puertas de vidrio salí al jardín. Ni un solo pensamiento cruzó mi mente. La paz reinaba en mi corazón.
¡Ah, se me olvidaba! Mi nombre es Chance y soy el jardinero.

12 de octubre de 2017

Este jueves, relato: Negra noche, negra


Que negra es la noche. 
Frente al teclado de letras blancas las yemas de mis dedos reposan inquietas sin saber que hacer, por donde empezar. Necesito una frase; un artículo determinado; un pronombre personal o  un nombre común, una idea, un pellizco que me estremezca. 
Que negra es la noche.
Que sombría tu ausencia. Levanto la mirada y busco, en un largo travelling, esa imagen que me despierte de mi letargo. Veo con avidez fotos y objetos y les grito que me cuenten sus sueños, sus vivencias, hoy no es su noche, ni la mía, me detengo en la ventana y llueve.
Que negra es la noche. 
Solo un «La» para entonar. Se mezclan y me confunden los «Mis», los «Re» y los «Fa». 
Suena la música, negra. Ella y yo solos en la madrugada.
Que negra es la noche, y amanece. 
Los primeros brillos de un sol que todavía no despunta, el cristal se empaña y las gotas de lluvia resbalan en un surco, negro, interminable. Miro su foto. ¡Qué niña, qué porte!
Descalzos sus pies y vestida su mirada, leo: «Te escribo estas letras, las últimas...».
La Noche... ¡Qué larga y negra es la noche!

Más colores en mi Plaza 

8 de octubre de 2017

Este jueves, relato: Colores (Participantes)


Hablemos de colores.
El del amor, el de los ojos, el del pecado, el del silencio, el del vacío, el del aura brillante con el que nos ven los que nos quieren o el del oscuro tono con el que a veces nos manifestamos.
¿Por qué a uno le cae un «marrón» cuando le salpica un problema difícil y en el que no tiene nada que ver?
¿Por qué te ponen «verde» cuando hablan mal de ti a tus espaldas? 
¿Por qué nos ponemos «colorados» cuando nos adulan en exceso?



Nos cuentan de colores:



















28 de septiembre de 2017

Este jueves, relato: Una de música


La mesa del comedor, en esa casa, igual valía para un roto que para un descosido.
De madrugada era la mesa del desayuno.
A mitad mañana, el banco donde vaciar la cesta de la compra separando cereales de legumbres, frutas de verduras y más tarde repartir, sobre su fría superficie, las lentejas para limpiarlas.
Al mediodía, Amparo, reunía a la familia en una frugal y meteórica comida; la escuela y la fábrica tenían prioridad.
Por la tarde, vacía la mesa, Amparo extendía de cara a la ventana las telas, y sobre ellas los patrones de un vestido para Teresa, la mayor. Mientras, con las tijeras en la mano, repetía historias de su pueblo que Teresa conocía hasta la saciedad.
En la noche, después de la cena, y una vez recogida la mesa, ésta se inundaba de brazos cansados y miradas anhelantes en espera del premio del día.
En el reloj de pared dieron las nueve y Juanin, el pequeño, a una orden gestual de su padre se levantó y accionó el interruptor cilíndrico del aparato de radio, marca «TELEFUNKEN», que colgaba sobre un anaquel de la pared:

«La Sociedad Española de Radiodifusión a través de su gran cadena de emisoras propias y asociadas presenta…: Matilde, Perico y Periquín. Un programa Cola Cao para niños y mayores…»
Y entonces, a las nueve y unos segundos, sonaban las primeras notas de una canción que como tantas otras fueron cómplices de sobremesas familiares en las que la música, esas canciones, esa canción… eran un poco de nosotros.

«Yo soy aquel negrito del África tropical que cultivando cantaba la canción del…»

13 de septiembre de 2017

Este jueves, relato: La mano que da la moneda


He soñado que, a plena luz del día, andaba por la calle, literalmente: desnudo.
Valentina, mi interpretadora de sueños, me aclara que éste, en particular, vaticina una situación económica precaria, cuando no, desastrosa.

Salgo de casa y, como cada día, rebusco en mis bolsillos hasta confirmar que llevo suficiente para el desayuno.
En la esquina, con precisión geométrica, justo donde se juntan los dos pasos de peatones, está Isidoro y, como cada día, me hace un gesto con la mano insinuando algo que llevarse a la boca… Hurgo en mi bolsillo, detecto y le doy una moneda de 50 céntimos.
Cruzo la avenida y paso junto a la iglesia de San Roque. Ramona es extranjera y tiene la exclusiva de la puerta principal. Luce (o más bien, desluce) una melena blanca, casposa y despeinada. Te recibe con la mirada y, agradecida, la vuelve rápidamente en busca del siguiente paseante. Hurgo de nuevo y… 50 céntimos.
Mateo, de origen y aspecto similar, ocupa con autoridad la puerta lateral, la de la sacristía; es mudo, un cartel dice por él: «Tengo cinco hijos. No tengo trabajo. ¡AYÚDEME!»… Al tacto, 1 euro.
Ulises es un sureño que toca la guitarra, sólo la toca. De pie, inventando un texto en inglés que encaje con una melodía que improvisa, mira de reojo la funda que, abierta, exhibe como cebo varias monedas… dejo 50 céntimos «La música hay que pagarla», decía mi abuelo.
En la puerta del bar me saluda, sin mirarme, Clotilde, sentada en una caja de cartón que esconde entre la falda de su voluptuoso traje de novia; un traje que alguna vez fue blanco y estuvo planchado; un traje que alguna vez lució una novia menos obesa; un traje al que seguramente le acompañaba un ramo de flores naturales y no, el ramillete de acelgas de plástico que compró hace unos meses en el «chino» de al lado. Quieta, impertérrita, impasible al ademán, espera que como cada mañana le deje caer en la caja de cartón unas... 1 euro —La mímica es un arte—.

Entro en el bar con la duda de si llevaré suficiente para el desayuno. Mi pesadilla de esa noche está tomando cuerpo —¡Vestido, claro!—.